En un quirófano hay cirujanos que salvan vidas en minutos, en un aula hay profesores capaces de cambiar la vida de un niño y en un laboratorio hay científicos que transforman el mundo. En el fútbol, esa sensación de estar ante alguien distinto la provoca Lionel Messi.
No lo digo desde la distancia del espectador ni desde la admiración cómoda del aficionado. Lo digo habiéndome puesto delante de él en un campo de fútbol, habiendo intentado detener lo que, en muchos momentos, parecía imparable. Jugué contra Messi varios partidos cuando era futbolista profesional, y esa experiencia te cambia la forma de entender este deporte. Porque no se trata solo de lo que hace, sino de cómo lo hace.
Recuerdo, especialmente, un momento que no sale en los resúmenes ni en las estadísticas. En pleno partido, se me acercó y, tapándose la boca –como hacen los futbolistas para que nadie pueda leer los labios–, me preguntó cómo lo teníamos para salvarnos, qué posibilidades teníamos. En medio de la competición, con todo lo que había en juego, tuvo ese gesto de cercanía, casi de compañero de profesión más que de rival. Aún guardo en casa la captura de televisión de ese instante, quizá porque resume mejor que nada quién es.
También conservo otro recuerdo que para mí es un tesoro: en el Camp Nou, en 2016, fuimos capitanes los dos. Esa imagen la tengo guardada en casa como algo especial. Porque más allá de representar al equipo de mi vida, estaba compartiendo ese momento con alguien que ya era historia viva del fútbol.
Messi no es únicamente el mejor porque marque diferencias, sino porque convierte lo extraordinario en rutina. Su forma de interpretar el juego, de decidir en décimas de segundo y de respetar siempre la esencia colectiva por encima del ego individualista, le sitúa en un lugar distinto. Que haya sido reconocido con el Premio Princesa de Asturias de los Deportes tiene un significado especial. Asturias valora el esfuerzo silencioso, la constancia y la humildad. Y Messi, lejos del ruido, ha construido su carrera desde ahí.
Para quienes hemos vivido el fútbol profesional, y en mi caso con el Sporting siempre presente, Messi representa también una forma de entender el juego: competir, respetar y no perder la esencia.
Por eso, más allá de todo, es mi ídolo futbolístico, no sólo por su mágico manejo del juego, sino por su capacidad de transmitir valores a través de este deporte.
Porque hay muchos grandes jugadores, pero muy pocos consiguen ser, al mismo tiempo, los mejores y los más admirados dentro y fuera del campo.